Les dejo a seguido el primer capítulo de mi ensayo " El Alma de la Defensa", a la venta en http://www.bubok.es/libros/8830/EL-ALMA-DE-LA-DEFENSA el cual deviene exposición del mundo del derecho desde el espíritu del defensor.
" Procura comprender la maldad,
síguela como quien sigue una hebra de agua turbia,
y te hallarás conque en su comienzo es pura y nace de un cristal de inocencia"
(Gabriela Mistral)
I
El espíritu de Hamlet
Hubo un tiempo remoto en que los seres resolvían los conflictos sin que nadie mediara entre ellos. A esta forma de solucionar los problemas entre los hombres se la llama, jurídicamente hablando, “solución autocompositiva”. Imaginará el lector la pobreza de este tipo de justicia, en donde ninguna imparcialidad cabe imaginar y, por tanto, ninguna equidad tampoco. Si las personas fuéramos lo suficientemente justas para ver nuestras acciones con objetividad no haría falta que el Estado se encargara de ello y, probablemente, la anarquía sería posible. Pero, lamentablemente, el hombre no sabe juzgarse y mucho menos aún es capaz de aplicar una sanción a su conducta. Quizás nuestro instinto de supervivencia hace que nos engañemos y que no seamos capaces de reconocer en nosotros los errores que vemos en los demás. A lo largo de mi vida profesional no he conocido ningún delincuente que sea consciente de su culpabilidad, ya que, el que ha cometido la falta, endulza su acción y la justifica para, sencillamente, poder sobrevivir. Creo que lo haríamos todos, y, por ello, ha sido necesario crear de la nada, ese vacío inmenso, el entramado jurídico que permite la convivencia.
Poco a poco, el hombre se fue dando cuenta de que necesitaba solventar los conflictos de una manera eficaz, y a medida que las relaciones se fueron haciendo más complejas, se arbitraron técnicas para depurar las responsabilidades. A esto, en buena técnica jurídica, se le llama solución heterocompositiva de los problemas. Otro, un tercero imparcial, se encargará a partir de ese momento de decidir qué parte en un conflicto tiene la razón.
Quizás en un principio, cuando la sociedad era tribal o formada por clanes, los hombres se ampararon en las personas más sabias y más reconocidas dentro del grupo, es decir, aquellos que habían demostrado, a lo largo del tiempo, acrisolar experiencia suficiente para enfrentarse a problemas parecidos que en otro tiempo se tuvieron que sufrir. Es indudable que estas personas estarían revestidas de algún tipo de autoridad para ser respetadas, lo cual, me invita a pensar en la necesidad del respeto a la autoridad como fundamento inexcusable del orden social. La autoridad, a menudo confundida injustamente con el autoritarismo, no puede quebrar en ninguna sociedad que quiera sobrevivir, por cuanto la propia pervivencia del grupo requiere, de alguna manera, que alguien esté reconocido por encima de los demás. A lo largo de la Historia han sido muchas las formas de que el hombre se ha dotado para organizar correctamente la sociedad estableciendo un orden (autarquía, gerontocracia, democracia etcétera...), resultando que nunca se ha podido prescindir de una cierta clase rectora a la que ceder el poder de decidir en beneficio de la colectividad. Nuestro filósofo por excelencia, Ortega y Gasset, sostenía que no se podía concebir la sociedad sin un tipo concreto de aristocracia, y aunque probablemente se refería a una élite de hombres equitativos mejor instruidos que los demás, éste término observa hoy cierta resistencia a ser adoptado porque, quizás, ha llegado un momento de nuestra historia en que rechazamos que otros puedan tener un criterio mejor y más formado que el nuestro. A mi juicio, toda sociedad que pierde el sentido de la autoridad camina inexorablemente hacia su propia decadencia, pero este es otro tema apartado del objeto central del presente ensayo.
La justicia es un valor que he visto reflejado en los ojos de muchas personas a lo largo de mi vida profesional como letrado. A veces, he visto reflejada en esos ojos la satisfacción de un hombre leyendo una sentencia que reparaba una injusticia y, entonces, he sentido cierta sensación apaciguada. “ Es lo justo”, -suelen decir estas personas cuando reciben la sentencia-, y, en efecto, lo es. Es tan justo, y a estos seres les parece tan evidente, que, por evidente, pocas veces se percatan de que obtener esa resolución judicial justa supone un trabajo no exento de dificultades que, a los abogados y a los demás profesionales del derecho, no se nos reconoce siempre. Tampoco se suele valorar que el proceso para obtener justicia, -el que tenemos hoy-, constituye un tesoro enorme de la civilización que se ha ido decantando a través del tiempo mediante el reconocimiento y la observación de los errores que todos hemos cometido. No resisto la tentación de contar que hubo tiempos antiguos en que la inocencia de una persona se determinaba jurando sobre el fuego, de tal forma que la quejumbre al dolor, -algo tan humano-, representaba la carga que demostraba la culpabilidad (las denominadas ordalías), o que también hubo tiempos en que los asesinatos se resolvían entre familias mediante compensaciones económicas, sin que mediara el Estado como árbitro estableciendo penas de cárcel que nos libraran de la peligrosidad de los asesinos. Esto, que hoy nos parece sumamente injusto, ha sido corregido por el hombre estableciendo un procedimiento judicial que, en abstracto, resulta un logro de la humanidad; algo que no siendo perfecto, -nada lo es-, resulta siempre mejorable. Pero los hombres somos así, siempre estamos descontentos con lo que tenemos, lo cual no es malo si nos sirve como medio de superación; sin embargo, esta condición resulta altamente destructiva cuando olvidamos el valor de lo que hemos conseguido. Hace muy pocas décadas millones de seres humanos murieron en crematorios; muchos otros fueron perseguidos por aparatos judiciales injustos por el simple hecho de ostentar ideologías políticas inconvenientes para los tiranos; la mujer no ha gozado, sino hasta momentos muy recientes, de la plenitud de sus derechos; y las clases más desfavorecidas no han podido superar la desigualdad, mediante la aplicación de mecanismos redistributivos de la riqueza, sino hasta tiempos recientes. Podría poner ejemplos hasta agotar la ingente cantidad de errores humanos cometidos, pero, sin embargo, no voy a detenerme en ellos.
Sí pretendo, en cambio, que el lector se familiarice con el procedimiento judicial, con este mecanismo que los hombres disponemos para resolver nuestras controversias. Lo hago desde la perspectiva del abogado defensor que soy y, por tanto, el lector debe tener en cuenta que el desarrollo de mis ideas adquiere por tanto una visión distinta a la que podría tener un juez, un fiscal, un secretario judicial o un procurador.
En el alma del defensor subyace el alma del primer defensor de la historia. Sería complejo encontrar el momento exacto del tiempo en que éste apareció, y este ensayo, por otra parte, no pretende sentar ciencia jurídica de carácter histórico, pero es probable que nuestro defensor primigenio surgiera en la Grecia clásica, aunque luego fuera perfeccionado por el genio jurídico del Imperio Romano. La ciudad-estado irrumpe en la historia antigua cuando el hombre le da la espalda al campo; la muralla protectora hace converger la vida en el interior de la ciudad y el ágora, la plaza, deviene el núcleo esencial donde se debate la vida colectiva. Ha nacido la ciudad, irrumpe con toda su fuerza, y la polis implica el origen incipiente de la civilización occidental. En tal estadio cultural, el hombre sedentario encuentra momentos para pensar y para discutir. La política es parte de la vida ciudadana, pero, conjuntamente con ella, los conflictos producidos como consecuencia de la vulneración de las normas, traen los enjuiciamientos públicos celebrados en el ágora, donde el pueblo soberano participa. Algún orador de los de entonces debió entender que la palabra, ese hermoso instrumento, también podía ser utilizada para defender a un conciudadano acusado injustamente. La defensa nace del alma, de la voluntad inequívoca de ayudar al otro, pero se exterioriza por los labios, se instrumenta con la palabra hablada e irrumpe en la historia para ser oída, requiere el silencio y el respeto de los que juzgan. Nada de esto hubiera podido suceder sin la aparición de la ciudad y el hombre sedentario quien, conviviendo con los otros, encuentra tiempo para pensar la solución de los conflictos. El alma de la defensa es por tanto hija de la quietud, del apaciguamiento, emerge de la serenidad de los espíritus tranquilos que saben posarse, pero nace por consecuencia del dolor que otros sienten. Más bien, de la solidaridad con el dolor ajeno. En el alma del defensor también anida el espíritu de Hamlet, su soliloquio quejumbroso, dramático e impotente reflejado por Shakespeare; el hombre justo precisa traer el pasado al presente y reproducirlo para ser juzgado. Llega el drama puesto en la escena de un teatro particularmente diseñado para ello, -los estrados judiciales-, y, con el paso del tiempo y el perfeccionamiento técnico desarrollado durante estos últimos siglos, el letrado se convierte en un escritor que trae al presente un conflicto pretérito para que un tercero, el juez, lo lea y decida qué importancia dramática tuvo.
Se pretende en este ensayo que el lector se adentre en el esotérico mundo de la justicia a través de la mirada de un letrado defensor, el cual, después de unos cuantos años de ejercicio profesional, siente el alma de la defensa como propia. Entre el ser y el no ser, quien escribe ya es un abogado, alguien puesto en la escena del foro con la misión esencial de defender a los demás. Este ensayo, por otra parte, representa la demanda más larga que he construido y el sostenimiento de una pretensión, para mi irrenunciable, que pretendo que el lector, si lo juzga acertado, asuma. Me refiero al ejercicio de la compasión como instrumento indispensable para mejorar la convivencia. Soy letrado, pero como tal, he de ser un escritor y un pensador. Hamlet, mi buen Hamlet, se ha metido de rondón en el fondo de mi espíritu. Asumo su soliloquio y su aventura personal como propia, y doy rienda suelta a los impulsos solidarios que se requieren para defender a un ciudadano, es decir: para ser abogado.